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domingo, 21 de abril de 2013

KIM JONG UN


Un corpulento joven de en torno a 28 años –su edad precisa se desconoce- y adiestrado sobre la marcha heredó el liderazgo supremo de Corea del Norte tras la muerte de su padre el 17 de diciembre de 2011. La sucesión prolongó la única dinastía comunista de la historia, que ya va por su tercera generación.

La enfermedad obligó a Kim Jong Il en 2008, 14 años después de tomarle el testigo a su finado progenitor, el Gran Líder Kim Il Sung, a acelerar un plan sucesorio que antes había tenido como candidatos a sus dos hijos mayores, finalmente descartados. 

Fue el arranque del sorprendente encumbramiento del benjamín Kim Jong Un, quien, partiendo del virtual anonimato, sin un currículum académico coherente y desprovisto de méritos políticos o militares, adquirió el perfil de futuro mandamás de esta dictadura totalitaria saturada de dogmatismo, violadora masiva de los Derechos Humanos, replegada sobre sí misma, económicamente arruinada, obsesionada con los tambores de guerra y, desde 2006, convertida en potencia nuclear para consternación del mundo.

El llamado Querido Líder ungió a su vástago menor en 2009, pero la designación no se hizo explícita hasta el otoño de 2010, cuando le nombró general del Ejército Popular y dispuso que la III Conferencia del Partido de los Trabajadores de Corea (PTC) le otorgara la vicepresidencia de su Comisión Militar Central (CMC), más un asiento en su Comité Central. Sólo entonces se difundieron las primeras imágenes oficiales del enigmático veinteañero, cuyo físico recordaba poderosamente al de su abuelo, fundador en 1948 de la República Popular Democrática de Corea (RPDC) y Presidente Eterno de la misma, cuyos principios ideológicos son el Juche (autoconfianza) y el Songun (prioridad del Ejército).

El tercer Kim recibió los sobrenombres de Brillante Camarada y Joven General, como parte de una campaña de culto a su personalidad que no hizo más que empezar. Paralelamente, para apuntalar al inexperto delfín, el régimen realizó una arriesgada exhibición de su capacidad militar (segundo test nuclear, lanzamientos de misiles sobre el mar, agresiones navales y artilleras a Corea del Sur) que, tras años de negociaciones de desarme y reconciliación baldías, llevaron la tensión regional a su punto álgido.

La secuencia de reconocimientos y nombramientos registró las promociones decisivas durante los grandiosos funerales de Kim Jong Il y hasta el penúltimo día de diciembre de 2011. El Gran Sucesor fue aclamado como presidente en funciones de la CMC, líder supremo de la RPDC y comandante supremo del Ejército Popular. Pese a las especulaciones iniciales, espoleadas por el hermetismo y la impredecibilidad del régimen, la acusada juventud de Kim y su condición de neófito no fueron óbices para una rápida asunción, acortando drásticamente la aparente etapa de transición, de los puestos cimeros del Partido y el Estado que permanecían vacantes desde el óbito de diciembre y que encarnan el poder unipersonal absoluto.

Así, en abril de 2012 la IV Conferencia del PTC nombró a Kim miembro del Presidium del Politburó del Comité Central, presidente titular de la CMC y primer secretario del PTC, donde el difunto Kim Jong Il pasó a ser el "Secretario General Eterno". A la vez, Kim asumió la presidencia de la Comisión de Defensa Nacional (CDN), es decir, la jefatura del Estado. Y en julio siguiente tomó los galones de mariscal. La apabullante campaña de glorificación de Kim a lo largo de 2012, sus poses guerreras y su estrellato mediático (que incluyó la relajada presentación de su consorte oficial, Ri Sol Ju, coprotagonista de esta inesperada escenografía del glamour a la norcoreana) persiguieron, con la máxima premura, prestigiarlo ante la masa de la población, que sólo ahora empezaba a conocerle, como un dirigente sabio capaz de regir el país con el puño de hierro de sus ascendientes.

En el aire quedaron las iniciales suposiciones sobre la existencia de algún tipo de tutela temporal por una camarilla de altos cargos civiles y militares de confianza, a modo de jefatura colectiva, en la que destacaría la figura de un tío carnal, Jang Sung Taek, posible regente en la sombra para guiar a un sobrino que a diferencia de su divinizado padre, quien asumió el mando de la RPDC con 53 años, no estaba bregado en los entresijos del Estado.

El temido alarde de fuerza armamentística encaminado a consolidar al nuevo líder supremo y hacerle meritorio a los ojos del alto mando castrense no se produjo inmediatamente después del cambio de guardia, más allá de una serie de amenazas virulentas al Gobierno surcoreano. Al contrario, en febrero de 2012 Corea del Norte y Estados Unidos negociaron un prometedor acuerdo por el que el primero suspendería su programa de enriquecimiento de uranio, los ensayos nucleares y el lanzamiento de misiles de largo alcance, y aceptaría el retorno de los inspectores de la AIEA; a cambio, el segundo le entregaría 240.000 toneladas de alimentos. Pero este principio de entendimiento con Occidente fue un espejismo.

En abril de 2012 el Norte lanzó un cohete de tres etapas Unha-3 que fracasó en el propósito de poner en órbita un satélite "con fines pacíficos", el Kwangmyongsong-3. Estados Unidos decidió suspender el acuerdo de febrero. En diciembre siguiente, Pyongyang volvió a la carga con idénticos cohete y satélite, coronando la tentativa con éxito esta vez. El ingreso de Corea del Norte en el restringido club de las potencias espaciales fue castigado en enero de 2013 por el Consejo de Seguridad de la ONU con un énfasis del paquete de sanciones al entender que ese lanzamiento implicaba el uso de tecnología de misiles balísticos, lo que violaba resoluciones anteriores. La respuesta airada de Pyongyang fue, en febrero, detonar su tercer ingenio nuclear, de mayor potencia que las pruebas subterráneas de 2006 y 2009. Vivamente alarmados sus miembros, la aliada China incluida, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó en marzo una cuarta ronda de sanciones comerciales, financieras y aéreas.

Fue el comienzo de una escalada de tensión sin precedentes en la que la RPDC, dosificando su retórica belicista y sus gestos hostiles hasta convencer a medio mundo de una conflagración inminente, anunció la abrogación de todos los acuerdos de no agresión con el Sur, declaró "completamente nulo" el Armisticio de 1953, amenazó a Estados Unidos con una "guerra termonuclear" de carácter "preventivo" y "sagrado", y de paso puso en el punto de mira de sus misiles a Japón. En su búsqueda de un criterio de racionalidad donde a primera vista no la hay, los analistas opinan que la meta soterrada de Kim es la misma que la de sus antecesores: forzar un diálogo exclusivo con Estados Unidos, pese a que esta estrategia topa con la negativa frontal de Washington.

Este estado de cosas, dispuesto por un dirigente del que no se sabe cuánto tiene de impulsivo e insensato, y cuánto de frío y calculador, petrifica el statuo quo de alerta máxima en la península coreana, de apuesta por la panoplia atómica y, por tanto, de bloqueo de las conversaciones sexpartitas (ambas Coreas, Estados Unidos, China, Rusia y Japón) sobre la seguridad nuclear, discontinuadas en 2007. El delirio belicista y las sanciones internacionales imposibilitan también una apertura económica de estilo chino capaz de generar los recursos que podrían alimentar a una población con un pie en la hambruna y reforzar las posibilidades de supervivencia material de este régimen aislado y en la picota.